Todavía recuerdo algunos momentos de mi infancia. Aquellos días en los que lo único que me preocupaba era no poder jugar. No sé cómo, pero siempre me las arreglaba para hacer travesuras y salir ilesa. Me imagino que es porque ser pequeño no implica tener un corazón pequeño. O, tal vez, por la dulzura y empatía que suelen transmitir los niños…
A veces, echo de menos esos días en los que paseaba por la calle evitando los cuadros negros. O esos días en los que el estar al lado de alguien que quisiera jugar conmigo me era suficiente. Pero las personas crecen. Y con ellas su madurez. Es ésta la que, a base de palos en la vida, nos hace ver las situaciones desde otro punto de vista, que antes no alcanzábamos ver.
¿Qué ha pasado con esa inocencia que a todos nos caracterizó en su momento? Lo peor de crecer es que perdemos la capacidad de reírnos de nosotros mismos. Creemos que crecer es sinónimo de perder esa chispa que llevábamos dentro. Y no es así. ¿O acaso ser adulto significa ser un amargado? Mi respuesta es no. Cada uno es como quiere ser y como se va construyendo a sí mismo día a día. Así que aprovecha cualquier oportunidad que se te presente para cambiar cualquier cosa que no te guste de tu forma de ser. Porque nunca es demasiado tarde y nunca es demasiado pronto. Sé quien quieras ser, que nadie te influya en tus decisiones. Al fin y al cabo, son ellas las que nos forman como personas. Y recuerda: querer es poder.

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